Entre los años recorridos en esta colección, 1910 pareciera ser el que más comentarios merecería. En efecto, este es el año al que la historiografía mexicana le ha dedicado más crónicas, reseñas y estudios, y ello debido a la celebración de las Fiestas del Primer Centenario de la Independencia de España. En materia cinematográfica, dichos festejos se filmaron como ningunos otros desde la llegada a México de los aparatos de fotografías en movimiento: desde el primer día de septiembre al último de ese mes. Camarógrafos de la envergadura de los hermanos Alva, Guillermo Becerril, hijo, Salvador Toscano y Antonio F. Ocañas registraron todos los actos oficiales; comenzando con la colocación de la primera piedra de la nueva Cárcel General de San Jerónimo en la Calzada de la Coyuya y la apertura del Manicomio General de La Castañeda, pasando por la llegada al Palacio Nacional de los embajadores de varios países del mundo, y culminando con la inauguración de monumentos de la importancia de la Columna a la Independencia y del Hemiciclo a Juárez.
Tanto las fiestas como sus filmaciones han sido estudiadas de manera tan prolija, que las recordamos sólo para contrastarlas con otra clase de rodajes que se llevaron a cabo también en 1910 y que superaron en número y metraje a las referidas celebraciones. Se trata del cúmulo de películas taurinas y de diversas vistas de actualidades que no han merecido la atención de parte de los analistas del cine y que en este libro se quiere destacar.
Esta otra historia cinematográfica sigue su propio devenir y se distancia, aunque no del todo, de las necesidades propagandísticas del régimen. La colman los hechos menudos, cotidianos, de un cine que daba pasos firmes tanto en la producción como en la distribución y la exhibición. Empresarios perseverantes pero no siempre afortunados en lo económico; salas que desaparecían a los pocos días de haberse inaugurado; accidentes dentro de los locales que la prensa magnificaba, provocados por las explosivas cintas de nitrato de celulosa y sulfato de plata; la incuria de algunos operarios y la falta de observancia de medidas de seguridad; y para colmo, los riesgos de equilibristas a que se sometían los empresarios que debían optar entre exhibir películas atractivas y gananciosas o cintas insulsas que contaran con la aprobación del clero y los defensores de la moralidad pública. En fin, se trata de una historia que registran los diarios y revistas consultados en la Hemeroteca Nacional y que sirven de fundamento al presente volumen.