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by Juan Felipe Leal
2021 · Juan Pablos Editor, S.A.
Entre los años recorridos en esta colección, 1910 pareciera ser el que más comentarios merecería. En efecto, este es el año al que la historiografía mexicana le ha dedicado más crónicas, reseñas y estudios, y ello debido a la celebración de las Fiestas del Primer Centenario de la Independencia de España. En materia cinematográfica, dichos festejos se filmaron como ningunos otros desde la llegada a México de los aparatos de fotografías en movimiento: desde el primer día de septiembre al último de ese mes. Camarógrafos de la envergadura de los hermanos Alva, Guillermo Becerril, hijo, Salvador Toscano y Antonio F. Ocañas registraron todos los actos oficiales; comenzando con la colocación de la primera piedra de la nueva Cárcel General de San Jerónimo en la Calzada de la Coyuya y la apertura del Manicomio General de La Castañeda, pasando por la llegada al Palacio Nacional de los embajadores de varios países del mundo, y culminando con la inauguración de monumentos de la importancia de la Columna a la Independencia y del Hemiciclo a Juárez. Tanto las fiestas como sus filmaciones han sido estudiadas de manera tan prolija, que las recordamos sólo para contrastarlas con otra clase de rodajes que se llevaron a cabo también en 1910 y que superaron en número y metraje a las referidas celebraciones. Se trata del cúmulo de películas taurinas y de diversas vistas de actualidades que no han merecido la atención de parte de los analistas del cine y que en este libro se quiere destacar. Esta otra historia cinematográfica sigue su propio devenir y se distancia, aunque no del todo, de las necesidades propagandísticas del régimen. La colman los hechos menudos, cotidianos, de un cine que daba pasos firmes tanto en la producción como en la distribución y la exhibición. Empresarios perseverantes pero no siempre afortunados en lo económico; salas que desaparecían a los pocos días de haberse inaugurado; accidentes dentro de los locales que la prensa magnificaba, provocados por las explosivas cintas de nitrato de celulosa y sulfato de plata; la incuria de algunos operarios y la falta de observancia de medidas de seguridad; y para colmo, los riesgos de equilibristas a que se sometían los empresarios que debían optar entre exhibir películas atractivas y gananciosas o cintas insulsas que contaran con la aprobación del clero y los defensores de la moralidad pública. En fin, se trata de una historia que registran los diarios y revistas consultados en la Hemeroteca Nacional y que sirven de fundamento al presente volumen.
by Juan Felipe Leal
2021 · Juan Pablos Editor, S.A.
El cine del año del Centenario en los Estados es el título del segundo volumen de esta colección que dedica Juan Felipe Leal a 1910 (el primero lo consagró exclusivamente a la Ciudad de México). Este fue un año de una diversa actividad cinematográfica en la provincia mexicana en el que se distinguieron los Estados de Hidalgo, México, Puebla, Zacatecas y Chihuahua. Además, fue entonces cuando se generalizó el film d’art y cuando se impusieron las películas de gran duración, algunas de ellas danesas e italianas, también, cuando arrolló el famoso “Cine-Phono”. Fue en la provincia donde se filmaron las últimas vistas de las celebraciones del primer Centenario de la Independencia Nacional (Las fiestas del Centenario en Puebla, Fiestas en honor del marqués de Polavieja en Cholula, Panorámicas de Puebla, Desfile histórico en Toluca y El marqués de Polavieja en Toluca) y fue también en la provincia donde se rodaron las primeras películas de la revolución maderista: Cateo de la casa de Aquiles Serdán en Puebla, Cortejo fúnebre de los civiles y funcionarios fallecidos en el tiroteo de la casa de Aquiles Serdán y Entrada de los revolucionarios a Ciudad Guerrero, Chihuahua. Guillermo Becerril, hijo, filmó en los estados de Veracruz, Puebla y Chihuahua; Salvador Toscano y Antonio F. Ocañas realizaron rodajes en el Estado de Puebla; los hermanos Alva tomaron películas en el Estado de México y la Unión Cinematográfica, S.A., hizo lo propio en el Estado de Guerrero. Pero fueron pocos los cineastas de provincia que filmaron en sus lugares de asiento, entre ellos: Federico Bouvi, en Aguascalientes y sus alrededores; Juan C. Aguilar y su socio Bretón, en Orizaba y sus inmediaciones; y el duque de Montpensier, en Jalapa. Sorprende que otros dueños de cámaras filmadoras (como José Iracheta de Pachuca, la Empresa del Salón Pathé de San Luis Potosí —cuyos propietarios eran los señores Isauro Martínez y Miguel Sánchez—, y los encargados del Teatro Apolo de Culiacán) no nos legaran algún registro cinematográfico. Por su parte, los exhibidores de la legua continuaron con su ardua labor, tal y como lo hicieron los jaliscienses de origen poblano hermanos Stahl; el jerezano Ricardo Méndez Calderón; el zacatecano Agapito Romero; el duranguense Emigdio Hernández; y tantos más cuyos nombres han quedado en el olvido.
by Juan Felipe Leal
2019 · Juan Pablos Editor, S.A.
En 1908 se sucedieron tres acontecimientos destacados en México. El primero, de orden contextual, fue la entrevista Díaz-Creelman. El segundo consistió en la expedición del primer Reglamento de Cinematógrafos para el Distrito Federal. Y el tercero se cifró en la fundación de la Unión Cinematográfica, S.A. En efecto, en enero se celebró la entrevista Díaz-Creelman, que según consenso entre historiadores, fue el punto de partida de la búsqueda de una salida negociada —dentro del bloque en el poder— a la prolongada dictadura del “Héroe del 2 de Abril”. En otro orden de cosas, en junio de 1908 el Consejo Superior de Gobierno del Distrito Federal promulgó el Reglamento de Cinematógrafos, que constaba de 26 artículos y un transitorio. Elaborado a partir de un borrador que redactó el ingeniero Miguel Ángel de Quevedo, quien fungía como inspector de salas de espectáculos del Consejo Superior de Salubridad, éste fue el primer reglamento que se ocupó en exclusiva del cinematógrafo en nuestro país. Por último, a comienzos de 1908 se fundó la Unión Cinematográfica S.A., que se reorganizó el 2 de septiembre de ese año. La Unión quedó integrada inicialmente por Miguel Calápiz, presidente, Henrí Moulinié, gerente tesorero, y Pedro García, gerente secretario. El número de sus suscriptores en toda la república aumentó rápidamente, pues La Unión recibía las últimas novedades de Europa y proporcionaba diariamente veinticinco vistas diferentes a cada subscriptor para que pudiera cambiar, también a diario, el programa de sus funciones de cine. Se trataba de un claro intento de monopolizar la distribución de películas en todo México. El libro de Juan Felipe Leal 1908: Segunda parte. La “Unión Cinematográfica”, S.A., evidencia que en este año el cine mexicano emprendió una evolución semejante a la que tuvo lugar alrededor de 1906 en Europa y Estados Unidos, tendiente a conformar organizaciones cada vez más grandes y articulaciones cada vez más complejas entre la producción, la distribución y la exhibición.
Con este volumen culmina la colección Anales del cine en México, 1895-1911, que consta de 29 libros. En 1911 se extendió la insurrección armada en el norte y en el centro-sur del país, acontecimientos que filmaron cineastas de la estatura de los hermanos Alva, Manuel Becerril, José Cava, Valente Cervantes, Henri Moulinié, Indalecio Noriega Colombres, Antonio F. Ocañas, José Pesquera Tuñón, y Salvador Toscano. Si en 1910 casi todos los rodajes se realizaron en la capital de la república, en 1911 la mayoría de ellos, salvo las 34 películas taurinas, se llevó a cabo en la provincia: en los estados de Chihuahua, Morelos, Guerrero, Puebla y Oaxaca. En 1911 las películas que se hicieron en el Distrito Federal fueron, con excepción de los largometrajes taurinos, cortometrajes de uno o dos rollos; mientras que los filmes que se tomaron en la provincia fueron largometrajes de 1,000, 1,500, 2,000 y 2,500 metros de longitud. 1911 fue un año axial en el que la cinematografía mexicana dio un giro de 180 grados. Las multitudes que filmaron los hermanos Alva durante el recorrido que realizó Porfirio Díaz de la capital de la república a Ciudad Juárez para entrevistarse con el presidente William H. Taft de Estados Unidos en octubre de 1908, siempre atentas a las instrucciones que les daban las autoridades locales, contrastaban con la espontaneidad y la libertad de movimientos de las multitudes que rodaron los hermanos Alva durante el trayecto que llevó a cabo Francisco I. Madero de Piedras Negras a la Ciudad de México en junio de 1911. En efecto, la gente del común comenzó a aparecer por derecho propio en los primeros planos de las películas de tema revolucionario sin pedir permiso a sus capataces o patrones, pero a la vez, siguió formando parte del decorado de los filmes de la crema y nata de la sociedad mexicana. En el ámbito de las libertades que propició la insurrección maderista las sociedades mutualistas de artesanos y obreros emprendieron diversas huelgas y muchas de ellas se transformaron en sindicatos, por su parte, los empresarios de cinematógrafos presentaron por primera vez en la historia un frente común ante las autoridades gubernamentales en la defensa de sus legítimos intereses gremiales. Sí, en efecto, 1911 fue un año crucial.
El suceso cinematográfico más importante de 1909 fue la filmación que llevaron a cabo los hermanos Alva —asociados con la casa Pathé de la Ciudad de México— de la película La entrevista Díaz-Taft. La cinta constaba de 40 cuadros, 31 de los cuales mostraban las manifestaciones populares que se organizaron al paso del tren presidencial que partió de la estación de Buenavista de la capital de la república con destino a las riberas del río Bravo con el propósito de que el general Porfirio Díaz se reuniera con el presidente William. H. Taft de Estados Unidos. Los últimos 9 cuadros del filme daban cuenta de la celebración de dos encuentros entre los presidentes Díaz y Taft. El primero, en la Cámara de Comercio de El Paso, Texas (el 15 de octubre) y el segundo, en el edificio de la Aduana Fronteriza de Ciudad Juárez, Chihuahua (el 16 de octubre). En efecto, a finales de noviembre de 1908 Pathé Frères se asoció con Enrique Rosas y los hermanos Alva en la Compañía Explotadora Cinematográfica que en 1909, además de producir películas, compraba, vendía y alquilaba aparatos y vistas cinematográficas, las que exhibía en diversos salones de cine que regenteaba tanto en la capital del país como en la provincia. Esta fue, sin duda, la casa productora de películas más relevante de México en 1909, seguida en importancia decreciente por la empresa del Salón Nuevo, de José Pesquera Tuñón; por la Secretaría de Instrucción Pública; y por tres entidades productoras de provincia: la del Salón Pathé, de la capital de San Luis Potosí; la de Juan C. Aguilar, de Orizaba, Veracruz; y la del Salón Verde, de Pachuca, Hidalgo. En el ámbito de la distribución de películas se distinguían en 1909, también en importancia decreciente, la Compañía Explotadora Cinematográfica, la Unión Cinematográfica, S.A., la Empresa del Salón Nuevo, la Compañía Mecánico-Cinematográfica, S. en C., The Laemmle Film Service, y los hermanos Stahl. Por último, cabe señalar que en el campo de la exhibición los hermanos Alva habían comenzado a integrar un circuito cinematográfico que contaba con un puñado de locales en la Ciudad de México y algunos más en la provincia. Esta concentración empresarial era todavía incipiente y la mayoría de los salones de cinematógrafo eran independientes de dicho circuito.
by Juan Felipe Leal
2020 · Juan Pablo's Editor, S.A.
En 1908 el cine mexicano emprendió una evolución semejante a la que tuvo lugar alrededor de 1906 en Europa y Estados Unidos tendiente a conformar organizaciones cada vez más grandes y articulaciones cada vez más complejas entre la producción, la distribución y la exhibición. Dichas propensiones se manifestaron con toda claridad en la capital de la república y, en diversos grados, en la provincia mexicana en la que el suministro permanente de películas alentó el surgimiento de innumerables salones de cinematógrafo y una actividad fílmica constante y duradera. Como es claro, los nuevos desarrollos cobraron vigencia muy desigual en el territorio nacional. Este libro de Juan Felipe Leal —1908: Tercera parte. Exhibiciones en la provincia— presenta una radiografía sustentada en una abundante información hemerográfica de su evolución en las principales ciudades de las ocho regiones en las que divide al país. Es notable que en la ciudad de Pachuca, Hidalgo, estuvieran operando simultáneamente tres salones de cinematógrafo y que uno de ellos, el Salón Verde, recibiera con regularidad el noticiario de la casa Pathé. También, que esa misma empresa tomara “vistas de movimiento” por su cuenta y que proyectara películas de gran duración, aunque todavía fueran cortometrajes. Llama la atención que en Atlixco, Puebla —centro de actividades habituales de Salvador Toscano y su familia cuyo Cinematógrafo Nacional trabajó en más de una decena de ocasiones en el Teatro José María Lafragua—, se alternara el sistema de pago “por tandas” con el sistema de pago “por funciones corridas”, al “estilo americano”. Asombra que en la capital de San Luis Potosí —en vista de que el Teatro Alarcón se había incendiado en 1900 y de que el Teatro de La Paz estaba vedado a las empresas de cinematógrafo— surgieran en 1908 cuatro modestos salones para el espectáculo que actuaban a la vez —El Dorado, El Pathé, El Salón Nuevo y El Salón Popular— y que éstos hicieran uso regular de atractivos tales como las dominicales “matinés para niños”; el obsequio de boletos para los infantes de las escuelas públicas; los sorteos y las rifas de diversa índole. En fin, este libro de Juan Felipe Leal es todo un arcón de sorpresas.
El cine por regiones es el título del segundo volumen que dedica Juan Felipe Leal al año de 1909 (el primero lo consagró sólo a la Ciudad de México). En él divide el autor el territorio nacional en ocho áreas geográficas, en las que agrupa la información que recogió en diversos archivos y hemerotecas acerca de las actividades cinematográficas que se llevaron a cabo en ese espacio de tiempo. Hay que decir, que Leal seleccionó dichas áreas de una manera relativamente arbitraria, con propósitos meramente operativos. Éstas fueron: el Golfo de México, el Sureste, el Centro, el Occidente, la región CentroNorte, el Norte, la región del Pacífico-Norte y la región del Pacífico-Sur. En este año el cinematógrafo gratuito y al aire libre de la fábrica de tabacos de “El Buen Tono”, S.A., propiedad del señor Enrique Pugibet, recorrió buena parte del país realizando exhibiciones de vistas cinematográficas que intercalaba con la proyección de diapositivas que anunciaban las marcas de los cigarros que producía. Ni qué decir tiene que la llegada del cinematógrafo de “El Buen Tono”, S.A., era una pésima noticia para los salones de paga que operaban en las distintas regiones y localidades que éste visitaba. Desfilan en este libro ciudades con una notable vida cinematográfica como Orizaba, Pachuca, Toluca, Atlixco, Puebla, Morelia, San Luis Potosí, Chihuahua, Culiacán, Oaxaca y Tuxtla Gutiérrez. En 1909 se multiplicaron los incendios en los centros de espectáculos del país, muchos de los cuales quedaron reducidos a cenizas por el fuego. Primero fue el Teatro Zaragoza de Monterrey; después, el Teatro Guerrero de Puebla; luego, el Teatro Flores de Acapulco; a continuación, el Teatro Iturbide de la capital de la república, recinto que albergaba a la Cámara de Diputados; enseguida, el Salón Pathé de Puebla, más tarde el Teatro Degollado de Guadalajara; y por último, el Teatro-Salón de Jojutla. En vista de lo anterior, cierra este volumen un Apéndice que contiene un minucioso recuento del terrible incendio del Teatro Flores de Acapulco, Guerrero, acaecido el 15 de febrero de 1909, en el que perecieron más de trescientas personas.
Este libro consta de 22 cuadros sinópticos, cada uno de los cuales está precedido por una ajustada glosa. Éstos ofrecen la siguiente información de las películas que se filmaron en México entre 1896 y 1912: su título original –—distinguiendo con una (F) las ficcionales de las no ficcionales—, el productor (PR), el camarógrafo (CA), la empresa exhibidora (EX), el lugar y la fecha de su proyección. En la mayoría de los cuadros los filmes se presentan en el orden alfabético de sus títulos, pero no así en los cuadros 15, 17, 18, 19 y 21, en los que las cintas se registran en el orden cronológico de su rodaje. El cuadro 22, que ofrece un resumen general, también se muestra en orden cronológico. Las fuentes empleadas aparecen en todos los casos al pie de cada cuadro. He hecho lo posible por que la lectura de esta obra resulte lo más amena posible, ojalá que lo haya logrado.